1/05/2025

En agosto nos vemos - Gabriel García Márquez (2024)

Mi calificación:

★★★★★
(5/3)

El año 2024 tuvo como uno de sus grandes hitos literarios el regreso póstumo de Gabriel García Márquez. Y la industria editorial no perdió la oportunidad de volver a pasar gato por liebre.

***

Evaluar una obra póstuma implica riesgos: la experiencia enseña que la decepción es frecuente. Sobre este tipo de libros pesa siempre una pregunta con respuesta improbable: ¿hasta qué punto lo publicado responde realmente a la voluntad del autor? En tiempos en que no han faltado herederos, albaceas o editores negligentes o amigos de lo ajeno, la sospecha de que una obra inédita sea tratada con la delicadeza de un huaquero es de Perogrullo. Y el riesgo es mayor cuando no se trata de cualquier manuscrito recuperado, sino de un texto del mismísimo Gabriel García Márquez, un autor cuya obra construyó una vara tan, pero tan alta que hasta la crítica acabó usándola en su contra.

La publicación del libro tiene mucho de regalo: permite volver a leer una historia inédita de García Márquez, fallecido hace más de una década. Algunas entrevistas transmiten muy bien el entusiasmo de quienes participaron en el proceso editorial, una emoción que parece genuina incluso frente al dato incómodo de que, en su momento, el autor quiso destruir el manuscrito. Pero no se puede ignorar el ruido: aunque En agosto nos vemos es un texto con premisas atractivas, no es una novela terminada. Por eso resulta tan discutible -y por momentos irritante- la insistencia de Penguin Random House en presentarla como una obra completa, cuando su propia naturaleza post mortem dice lo contrario. El problema no es la existencia de obras póstumas (si no me cree, constatará en segundos como su incredulidad quedará pasada a Kafka), sino que los responsables del negocio pretendan, en buen chileno, meternos el pico en el ojo.

La historia, pese a todo, atrapa. Sigue a Ana Magdalena Bach, una mujer madura que cada año viaja a una isla para visitar la tumba de su madre, enterrada allí por voluntad propia. Ese ritual se convierte, con el tiempo, en una forma de resistencia frente a un matrimonio cuyas grietas ya no pueden disimularse. En cada visita, Ana Magdalena busca encuentros sexuales con desconocidos, no tanto como simple aventura, sino como una tentativa de recuperar algo de sí misma, huyendo de una vida conyugal que se sospecha es de mierda:

—Por una vez en tu vida, Doménico, dime la verdad.
Él sabía que su nombre de pila en boca de ella era señal de tormenta, y la apresuró con su serenidad habitual:
—¿Qué es?
Ella no fue menos:
—¿Cuántas veces me has sido infiel?
—Infiel, nunca —dijo él—. Pero si lo que quieres es saber si me he acostado con alguien, hace años me advertiste que no lo quieres saber.
Más aún: cuando se casaron le había dicho que no le importaría si se acostaba con otra, a condición de que no fuera siempre la misma, o si era sólo por una vez. Pero a la hora de la verdad lo borró con el codo.
—Ésas son cosas que uno dice por ahí —dijo—, pero no para que las tomen tan al pie de la letra.
—Si te digo que no, estoy seguro de que no lo crees —dijo él—, y si te digo que sí no lo soportarás. ¿Cómo hacemos?

La mirada sobre la sexualidad femenina es uno de los puntos más interesantes de la novela. Ana Magdalena no está escrita como una caricatura de liberación tardía ni como una mujer castigada por desear. García Márquez evita llevarla hacia los extremos más cómodos: no la convierte en emblema emancipatorio vociferante ni la encierra en el viejo bucle de pecar, sentir culpa, recibir penitencia y volver a pecar. Su deseo resulta contradictorio, vulnerable, torpe a ratos. La deja existir en una zona incómoda: la de una mujer que no parece saber del todo qué busca, pero que entiende que su vida conyugal ya no alcanza.

Aquí, las palabras hieren más porque hablan, sin decirlo del todo, de postergaciones y deseos muertos: lo devastador no es únicamente el miedo a la infidelidad, sino la sospecha de que Ana Magdalena ha dejado de ser deseada por el hombre con quien comparte la vida. Frente a eso, su búsqueda aparece menos como capricho que como una reacción casi natural: si la vida en común ya se fue al carajo, todavía quedan formas de patalear. El giro del final vuelve más turbia y más poderosa esa decisión: Ana Magdalena descubre que su fuga no era del todo suya, que en esa isla también estaba enterrada la otra vida de su madre. Lo que parecía una rebeldía individual termina revelándose como una herencia: una manera femenina, silenciosa y feroz de no consumirse lentamente de frustración.

Sin embargo, el libro también deja ver con claridad sus hilachas y costuras. La narración avanza con una fluidez desigual; algunos personajes aparecen apenas insinuados; ciertas transiciones resultan abruptas; varios pasajes tienen la condición de borrador avanzado más que de obra plenamente concluida; y el final, que en principio parecía brillante, se desdibuja por la ausencia de una última mano del autor. No se trata de defectos menores, porque afectan justamente aquello que en García Márquez solía parecer natural: la arquitectura invisible del relato, esa sensación de que cada frase estaba puesta donde debía estar. No son simples ripios de edición: son fallas estructurales.

Es por eso que En agosto nos vemos no alcanza la densidad ni la precisión de sus mejores libros: hay vacíos que ningún prestigio puede disimular. La obra acaba pidiendo ser leída con una generosidad que no siempre merece. Vale como curiosidad literaria, como memorabilia a ratos, y hasta como ventana empañada a las obsesiones tardías del autor. Como novela, en cambio, queda a medio camino: bella en algunos pasajes, sugerente en otras, pero inevitablemente menor.

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