Vidas mínimas: novelas breves es un retrato de los conventillos chilenos de comienzos del siglo XX. Uno de sus mayores méritos es apartarse tanto del costumbrismo complaciente -ése, el de los personajes picarescos y frívolos- como del sentimentalismo compasivo -al que le importa más movilizar con el morbo y la lástima-. Tal desmarque parece responder a la experiencia autobiográfica, pero también a la filiación anarquista del autor; la mirada es crítica, pero al mismo tiempo empática, sustentada en la observación minuciosa donde parece que no hay nada que ver, la ironía precisa frente a existencias que jamás tendrán brillo y una sensibilidad atenta a las contradicciones más íntimas de sus personajes. Hablamos de seres forjados por la estrechez material, la precariedad afectiva y la miseria moral, pero que conservan el instinto de sobrevivir, reproducirse a como de lugar, amar con lo poco que tienen, robar para sobrevivir, pegar antes para que no les peguen.
Lejos de caer en la denuncia abstracta o el juicio moral, González Vera describe un mundo concreto, dominado por el hacinamiento, la violencia como lenguaje cotidiano, las enfermedades no tratadas y la lenta atrofia del deseo de futuro. Ahí, la evasión mediante el alcohol, la promiscuidad y la fiesta son son excepción, sino norma. Lo notable es que esta descripción no se construye desde una mirada externa y caritativa, sino desde personajes que sienten ese mundo desde dentro: los dos relatos que conforman la obra están protagonizados por hombres excepcionalmente escolarizados, tan pobres como sus vecinos, pero marcados por una lucidez que paradójicamente los incapacita para vivir entre sus pares. Se trata de figuras introspectivas, autodestructivas, en tensión con el entorno y consigo mismas, próximas, por su hondura psicológica, a los personajes más patéticos de Dostoievski: hombres desplazados no solo por la pobreza, sino también por una conciencia excesiva que les impide vivir con la suficiente agilidad mental como para no ser aplastados.
En el primer relato del libro, El conventillo, González Vera retrata la vida al interior de estas viviendas: altercados domésticos, velorios improvisados ante muertes frecuentes, fiestas populares, alcoholismo y, sobre todo, el desgaste de la repetición cotidiana de la miseria. El tedio de ver siempre lo mismo parece invadirlo todo:
Cuando se vive en un conventillo, lo que más fastidia es la permanencia prolongada de los inquilinos. Uno desearía que se mudasen todos los meses. Así se daría el placer de ver caras nuevas; pero esto no ocurre.
En este entorno se despliega un conflicto emocional: el narrador mantiene una relación ambigua con Margarita, una joven cantante popular, llena de deseo, pero también de represión familiar. La irrupción de Elisa, otra mujer que lo atrae, complejiza aún más su mundo interior, ya dominado por la represión, la inseguridad y la dificultad para comunicarse. Los malentendidos -alimentados por las dinámicas invasivas del hacinamiento del conventillo- no solo erosionan los vínculos, sino que encarnan con precisión el título del libro: vidas reducidas a su mínima expresión, incapaces de expresar sentimientos sin que parezcan debilidad, donde toda emoción corre el riesgo de ser respondida con un charchazo. El protagonista, evasor de esa violencia explícita, vive una tormenta interna: quiere acercarse a Margarita, pero duda, vacila, se atormenta, se pierde en interpretaciones rebuscadas e improbables. Desde la mirada de la propia Margarita, esa sensibilidad se percibe como una ambigüedad oportunista; la inseguridad, como desprecio. Y, entonces, basta una vulgar escena de celos e insultos para arrasar con ese mundo interior de una sola y merecida patada en la raja. No hay espacio para la fragilidad: todo debe resolverse en bruto, de inmediato, porque no hay tiempo para otra cosa, ni margen para otra respuesta.
El resultado fue completamente contrario al que esperaba. Se exaltó y con voz temblante se largó a sermonearme:
‒Yo no sé nada. No me pregunte. Haga lo que quiera… Eres un infame, un mal hombre. ¡Hacía tiempo que me engañabas con esa yegua y te hacías el santito! Ahora todo ha concluido…. no quiero que me hables más.
***
La segunda historia, titulada Una mujer, es la más lograda del libro y, sin duda, la más profunda. En ella, el narrador -nunca queda claro si es el mismo de El conventillo- abandona la capital y se traslada a Valparaíso, donde se hospeda en la casa de unos tíos lejanos: Joaquín, un viejo veterano marcado de por vida por la Guerra del Pacífico, y su esposa Domitila. Joaquín es un personaje derrotado, descreído, que no quiere trabajar porque ya no le encuentra sentido a la vida. Rememora sus años de campaña con una mezcla de amargura y resignación. Lo que más lo indigna no son las heridas de guerra, sino lo que vino después: la traición del país hacia su propio pueblo.
El viejo seguía haciéndome preguntas y monologaba comentarios con ese tono crítico, evocativo y resignado que tienen los hombres que han vivido mucho y que casi no desean ni esperan nada.
Terminada la comida, Joaquín me relató su campaña. Había llegado a Lima. Para no olvidarse conservaba algunos rasguños; casi nada. Lo que lo enfurecía era que las salitreras resultaron más clavo que beneficio. En ellas los pobres —tal vez los hijos de los conquistadores— morían como moscas, sin amparo, olvidados.
Frente a ese lamento paralizante se alza la figura de Domitila, encarnación de la sobrevivencia concreta, de la economía doméstica precaria, pero eficiente. Su juicio hacia el narrador es progresivo: comienza como una incomodidad silenciosa, pero termina en una hostilidad abierta, incluso insultante. Lo atraviesa con la mirada, le recuerda sin palabras que, en un hogar pobre, quien no produce es un peso muerto. Y con Joaquín, piensa ella, ya tiene suficiente.
Domitila, entre cucharada y cucharada, clavaba sus ojos en los míos y me trasmitía un monólogo excesivamente materialista. Sus ojillos agudos y fríos me decían claramente: para comer este puchero, mascar este pan y beber este trago de té, trabajo de sirvienta en un almacén próximo. Trabajo como esclava y debo, además, sufrir los manotazos de todos… Sepa que es bastante sacrificio mantener a este viejo flojo… Es vergonzoso que usted coma lo que tanto me cuesta. ¿Cuándo se va? ¿Cuándo se va? ¿Cuándo se va…?
En el puerto, busca reencontrarse con María, una joven que conoció en Santiago, en un carrete anarquista de la época y de la que se enamoró silenciosamente. Uno de los aspectos más potentes del libro es su representación de la imposibilidad de ejercer la masculinidad tal como está definida en esos espacios. El narrador -hombre sensible, introspectivo, desvinculado de los códigos de dominación viril imperante- se reconoce a sí mismo como “incompleto” dentro de un entorno que, por sus urgencias, castiga las vacilaciones, la fragilidad y la contención. En un pasaje particularmente desgarrador, describe cómo el rechazo amoroso de María activa un proceso de autodesprecio, rencor y deseo de violencia, que no proviene de una pulsión genuina sino de la presión de “intervenir en la realidad” mediante el poder, la agresión, la posesión:
Han trascurrido los días y la indiferencia espontánea que María siente por el hombre que hay en mí, ha ido sepultando, reduciendo a nada nuestra amistad.
La imposibilidad de ser su hombre hace que mi pecho se vaya hinchando de odio. Odio hacia ella que a la vez es mi único apoyo afectivo y odio hacia cuantos me rodean. Yo mismo me siento cada vez más despreciable. Me repugno corporalmente por ser adamado, frágil, y moralmente por ser más recto y menos impulsivo que el común de los hombres [...]
Oh, si pudiera romper el nudo de mis impulsos, si pudiera desbordarme y acudir a la inmoralidad de imponer dominación me sería permitido intervenir en la realidad; evitaría la vergüenza de ser descontado, deshecho y considerado incompleto.
La fuerza del fragmento reside en su honestidad brutal: el narrador reconoce su deseo de recurrir a la violencia sexual como una forma de afirmación masculina, pero al mismo tiempo se sabe incapaz de llevarlo a cabo. González Vera capta con precisión la trampa de este protagonista: la lucha entre un impulso de dominación y una autoimpuesta “calcinación interna” que lo paraliza.
Esta tensión entre sensibilidad e impotencia, entre lucidez e imposibilidad de actuar, atraviesa el libro y permite leerlo como algo más que un fresco social: es también una exploración existencial sobre el lugar del sujeto en un mundo que margina a quien no muestra los dientes, agrede preventivamente o ve cada vínculo afectivo como una conquista potencialmente violenta. Su vigencia es aterradora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario